para tiempos de crisis periodística
Para Aristóteles, el fin noble de la ética es la felicidad. En este sentido para los griegos la ética estaba profundamente ligada con la prácticas de la virtud, la sabiduría y un principio de vida plena. Así, los griegos hablaban de la eudaimonía, un término para hablar de felicidad, bienestar y florecimiento humano (etimológicamente el término traduce “espíritu bueno”). Aristóteles plantea que la eudaimonía se alcanza con el cultivo de hábitos virtuosos que nos permitan llegar a la excelencia personal, como también la práctica de lo correcto y la responsabilidad como guía de vida.
La ética nos habla desde la deontología del “deber ser” del profesional y propone unos códigos de conducta en un ámbito específico, digamos una profesión específica; es decir “Se enfoca en lo que debe ser para un profesional, estableciendo los principios éticos y normas que deben regir su desempeño, sin centrarse tanto en las consecuencias de las acciones, sino en la intención de actuar correctamente”.
La deontología entonces, como rama de la ética, nos propone códigos de comportamiento que nos permitan, desde la razón, como lo afirmaban los griegos, una guía de las acciones humanas en la búsqueda de lo correcto y, por ende, de la plenitud humana y la felicidad.
Desde el periodismo podremos encontrar una variedad de códigos que promulgan la práctica de una profesión con objetividad, independencia y respeto por las audiencias. Decálogos construidos por eminentes periodistas que se dedicaron al cultivo del periodismo como un oficio de verdadera vocación de servicio a la comunidad, nunca como un camino para escalar socialmente hacia los círculos de poder, nunca para postrar la profesión ante los intereses de grupos económicos y políticos dominantes y hegemónicos, nunca para usar la tinta y el micrófono para señalar, acusar y difamar, incluso, cayendo en el craso error de poner en riesgo la vida de las personas que, sin que el periodista sea fiscal o juez, es condenada desde el afán noticioso o la inquina personal del mismo periodista.
En una Colombia polarizada, el periodismo debería asumirse como una profesión conciliadora, tender puentes que permitan la fluidez de una comunicación respetuosa y argumentada, que recupere el diálogo y, sobre todo, que genere criterios éticos, razonados para que las audiencias puedan hacer sus propias interpretaciones de los hechos y contextos que marcan el día a día del país y del mundo.
Hablando de ética, el periodista Javier Darío Restrepo afirmaba, en su decálogo de ética del periodista, que el buen periodista es, ante todo, buena persona. Y logra resumir su propuesta deontológica en una de sus frases más célebres en dicho decálogo: Para el médico lo primero será el valor de la vida, para el abogado el máximo de los valores es la justicia y para el periodista es su compromiso con la verdad.
Cerramos este mensaje fraterno a las nuevas generaciones de periodistas, por qué no, a los periodistas en ejercicio, además de la frase de Javier Darío Restrepo con la siguiente cita de John C. Merrill, en espera de que esto guíe las buenas prácticas en la profesión: la ética es “la rama de la filosofía que ayuda a los periodistas a determinar lo que es correcto hacer en el periodismo”.
Enero 2026.
