Por: Héctor Iván Zapata Valencia

En momentos históricos como los actuales, donde poblaciones enteras son sometidas por las armas y sus habitantes soportan el hambre y las necesidades insatisfechas, los causantes de dichas atrocidades hablan de respeto, justicia social y protección a la población civil como si fueran dioses que con sus discursos dan solución a las problemáticas. Las imágenes de estas situaciones son divulgadas en medios de comunicación hegemónicos y redes sociales, como si el dolor y la desesperanza constituyeran un crimen y se tuviera que hacer un escarnio público a los más necesitados.

Hay quienes aprovechan esta situación para generar una crítica indignante y condenar la situación cuando un micrófono está en frente suyo y a través de él hablan de situaciones que han sido creadas por ellos mismos, pero que no se pueden reconocer públicamente porque no corresponde al momento y no es este el objetivo. Solo basta con observar la llegada de estos personajes a los templos religiosos buscando reafirmar su compromiso «moral y social» ante la comunidad. Aprovechan lo mediático que resulta el encuentro en un lugar como estos, exhiben allí la última moda en trajes y realizan un ceremonial saludo que habla de todo aquello que cobija su aparente buen comportamiento como ciudadano ejemplar, para dirigir a una sociedad adormecida por los dogmas que han enquistado en ella desde diversas latitudes sin que esto permita franquear lo que es el verdadero sentido de la moral.

La ética, que por su parte debería regir la normativa de la justicia, la equidad y el respeto como valores sociales, se ve deshonrada por quienes se aferran a los poderes y cuyas ideas dogmáticas pasan por la intransigencia. Esto es un devenir constante de intereses particulares, donde están involucrados políticos, empresarios y periodistas, por nombrar algunos de los grupos que enfilan baterías en aras de defender su posición sin importar quien esté en frente, como diría Nicolás Maquiavelo «el fin justifica los medios», evitando de esta forma la confrontación de ideas, cerrándose a los cambios y asegurando de este modo que lo dicho no pueda ser controvertido.

Cuando esto ocurre, la ética social pasa a un segundo plano, ya no hay tolerancia, se desdibuja la justicia, la solidaridad pierde el sentido de acompañar, entregar y entregarse en favor de una comunidad, pero sí busca proteger a quien usurpa para beneficio propio los valores éticos y sociales a través del dogma bajo una narrativa sesgada desde donde se mire, la cual es confirmada con la frase «así se ha hecho siempre y así se hará», bajo esta premisa las nuevas ideas suenan a destrucción, acabose e idealismo infundado, con un significado sacado de un diccionario que no existe para quienes siempre han impuesto su voluntad.

En el ámbito de las ideologías solo existe una verdad y ella es presentada del lado de quienes siempre han dirigido, la hegemonía en la sociedad es hermética, el poder en lo más alto es impermeable a conceptos externos a su doctrina y a quienes dentro de la sociedad han dominado el mercado bajo influencias económicas y políticas.

Las sociedades manipuladas con el influjo de la necesidad, donde la moral social de quienes están al frente solo existe bajo apariencia y no admite ser evaluada a la luz de una ética social. Son sometidas por quienes dirigen, aquí la ética sucumbe ante factores como el poder económico, el poder político y de unos medios de comunicación que avalan discursos vacíos que basan su sentido informativo en el temor, la pérdida y la miseria. Si en dichas sociedades, su comunidad no se apropia de lo que le corresponde, poco o nada pueden esperar de quienes presentan en sociedad una falsa moral para continuar exprimiendo el futuro y la libertad de conciencia de quienes como sociedad autónoma quieren tomar decisiones.

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